lunes, 1 de diciembre de 2014

MIRANDO EL TELEVISOR APAGADO

1982 – Tengo 4 años.

Un hombre mayor, mucho mayor que los padres de los otros niños viene todos los días a comer, cenar y dormir. No habla conmigo, pero siempre me da un beso en la mejilla al llegar y me gusta el olor de esos besos, aroma que mucho tiempo después supe que se llamaba “a coñac”. Una mujer, también muy mayor, vive sentada frente al televisor, muy seria en el mejor de los casos, gritando y llorando casi siempre –para esto a veces se levanta-. Como el hombre mayor, tampoco habla conmigo pero, a diferencia de éste, jamás me besa. Un hombre de mediana edad, con barba espesa, descuidada, la piel despellejada y cojera en su pierna derecha comparte habitación conmigo. Ni me habla ni me besa, pero tiene la costumbre de orinar y vomitar en el hueco entre nuestras camas. La mujer mayor suele entrar por las mañanas y al ver el estropicio llora y le grita a él. Pero me pega a mí.
La televisión, amigos y gente que conozco han intentado convencerme muchas veces de que el hombre y la mujer mayores son mis padres y el individuo de la barba mi hermano. Debo rendirme a la evidencia y admitir la razón biológica de tales afirmaciones: estuve en la barriga de esa mujer durante nueve meses por culpa de aquel hombre hasta que finalmente escapé y conocí al individuo que estuvo en su barriga varios años antes que yo. Pero no, no son mi familia. Sé lo que es una familia, lo he visto en películas y en casa de mis amigos y sé que no tengo familia. Una chica estudia fuera y viene los viernes. Se grita con mi madre, llora y se marcha el domingo después de comer. Creo que es mi hermana.

1984 – Tengo 6 años.

Ha sonado el teléfono y respondido mi madre.
-Diga.
-…
-Sí, soy su hija.
-…
-¡¿Cuándo?!
La miro. Ha colgado muy despacio y queda en pie, apoyada sobre la cama mueble que tenemos en el pasillo, sobre la que se encuentra el teléfono, mirándose en el espejo de la pared, aunque no parece ver nada. Me mira, gira lentamente y se encierra en la habitación de mi hermana. Vuelvo al salón a jugar.
Mi hermana sale de la habitación agitada, cargada de libros y libretas. Despliega el arsenal académico en la mesa de la cocina y sigue estudiando allí. Al dirigirme a la cocina veo a mi madre de espaldas a la puerta de la habitación, cara al balcón, con el rostro apoyado en su mano y convulsiones que indican claramente que está llorando.
Llego a la cocina.
-¿Qué le pasa a mamá?
-El abuelito se ha muerto –responde mi hermana.
Menos mal, pensaba que era algo malo.
Voy a la habitación a calmar a mi madre, a contarle todo lo que me han enseñado en el colegio, que se ve que ella no lo sabe, para que entienda que no tiene de qué preocuparse o por qué estar triste.
-Mamá, no llores. El abuelo está en el cielo y eso es bueno.
Se yergue deprisa y el brazo en que apoyaba la cara pasa a más prácticos menesteres. Me rompe los incisivos superiores de un codazo y, aprovechando la cadencia del movimiento, suelta el antebrazo para plantarme un guantazo que me lanza por el aire y da con mi cabeza en el reposapiés de la cama.
No lo entiendo y jamás lo entenderé: ¿por qué se llama reposapiés si estos permanecen siempre sobre el colchón? Debe ser horrible clavar los tobillos en la madera toda la noche.
En esas cábalas me encuentro cuando se levanta y, antes de abandonar la estancia, me propina varios guantazos más que no sé cuántos son en número, pero duran unos cinco minutos que dedico a recrearme pensando en lo afortunado que soy por el hecho de ser cierto el dicho ‘madre no hay más que una’. Dos como ésta ya me hubieran dejado en silla de ruedas hace mucho tiempo.

*****

No sé a qué se dedicaba mi padre. Trabajó durante cincuenta años, y una medalla da fe de ello en el salón, en la misma empresa, algo impensable hoy en día para quien no sea funcionario. Mas nunca supe qué puesto desempeñó. Oficina, porque vestía zapatos y camisa y llevaba maletín; pero jamás supe si personal, contabilidad o lo que entonces pudiera entenderse como informática.
Desde su prejubilación, y en riguroso dinero negro, ayudaba en el negocio de mi tío, el marido de su hermana. Se decía contable. Hoy conozco contables y desde luego mi padre no lo era: no sabía de la existencia de un plan general de contabilidad, ni elaboró balance o cuenta de resultados en su vida. Pero trabajaba en una mesa con sellos de caucho, calculadora, grapadora y, lo que lo más lo diferenciaba del resto, sabía leer y escribir.

*****

1986 – Tengo 8 años.

Estoy en una suerte de edificio público con mi madre. Intercambia papeles que no veo y palabras que no entiendo con una mujer que hay tras un mostrador.
-¿Dónde trabaja su marido?
-En Bazán –responde mi madre; respuesta que no me cuadra, porque algunos sábados voy con mi padre al almacén de mi tío, que él llama ‘el trabajo’.
-No mamá –interrumpo inocentemente-: trabaja en el almacén del tito.
-¡Calla! –grita mientras me da un tirón de la mano hacia abajo que me saca el hombro del sitio. Me duele y empiezo a llorar.
La mujer tras el mostrador cambia el gesto. Algo no le convence.
-¡Siéntate ahí y no abras más la boca! –grita mi madre mientras me lanza con desprecio contra un banco junto a la pared. Me golpeo la rodilla con el banco y aumenta mi llanto. Por el dolor, porque no entiendo el trato que estoy recibiendo y porque sé que al salir me pegará. Me quedo llorando en el banco durante un largo rato en el que no sé dónde está mi madre y fantaseo con la posibilidad de no volver a verla nunca.
Ya se me ha pasado el llanto cuando aparece andando deprisa hacia mí con rostro serio, más serio de lo habitual, que ya suele serlo. Está enfadada.
Tengo miedo.
Me agarra de cualquier manera la mano y da otro tirón para arrancarme del banco y llevarme casi arrastrando hacia la calle. Continúa tirando de mí durante un par de calles y cuando ya hemos dejado atrás el edificio del que salimos comienza a golpearme por toda la cara, la cabeza, me pellizca con furia los costados. Mi llanto se convierte en gritos que escuchan las muchas personas que pasan por nuestro lado sin hacer ni decir nada.

*****

Conducía camino a casa cuando un débil pitido escapó del bolsillo de mi camisa, acababa de recibir un mensaje de texto. Jamás respondo al teléfono cuando voy conduciendo y mucho menos me pongo a leer o a escribir mensajes, pero no sé por qué, tal vez por lo poco habitual que me resultó recibirlo un día entre semana a aquella hora, sentí algo extraño, un presentimiento. Aquel soleado y cálido día de mayo no podía deparar nada malo, así que aprovechando un tramo recto de carretera por donde prácticamente circulaba yo solo saqué el teléfono convencido de que alguien me traía buenas noticias.

De: Sister    Wed. 23/05   13:40

La mamá ha fallecido esta
madrugada.

Sonrío.

*****

1988 – Tengo 10 años.

Me han dicho que El Señor es mi pastor y nada me falta. En principio, lo doy por cierto.
En el amplio salón donde se imparte catequesis, palabra que jamás entendí, me siento en el suelo junto a mis compañeros, todos alrededor de don José, el cura. Se acerca la Navidad y nos cuenta una bonita historia sobre un carpintero y su mujer, María, se llama, a quién Dios escogió para tener a su hijo. Cuando termina don José nos anima a preguntar nuestras dudas.
-¿María y José eran buenos? –pregunta una niña.
-Claro que sí, guapa –responde el cura.
-¿Y nosotros tenemos que ser buenos? –pregunta un niño.
-Claro que sí, guapo –responde el cura.
-¿Exactamente por qué escogió Dios a Maria de entre todas las mujeres? –pregunto yo.
Don José titubea. Se frota las manos. Las separa. Mira a los padres, que permanecen sentados en sillas detrás nuestra, sonriendo con apuro. Carraspea y finalmente me responde.
-Pues no sé, la verdad, por qué precisamente a ella.
Me siento bien. No sé si es debido a ser el menor de tres hermanos y estar habituado a escuchar conversaciones que corresponden a edades superiores a la mía, pero sé que he ido un paso por delante de mis compañeros, que he planteado una duda seria e interesante habida cuenta de que por entonces creía que alguna de esas gilipolleces podría ser cierta y pienso que cualquier padre se sentiría orgulloso de tener un hijo que manifestara tales inquietudes a esa edad. Me giro para recibir la mirada de complicidad y satisfacción de mi orgullosa madre.
No sé qué he hecho mal, pero está claro que me va a dar una paliza.
Tengo miedo.
Salimos de la parroquia a paso acelerado y sé lo que eso significa. No hablamos con nadie y ella me aprieta la mano con todas sus fuerzas, haciéndome no poco daño, mientras tira de mí como si arrastrara una pesada bolsa de basura. Siento presión en las sienes. Me flaquean las piernas. Se me revuelve el estómago. Nada puede empeorar la situación. Nada, excepto confrontar la inocencia de un niño que quiera dejar atrás uno de los peores momentos de su corta existencia (tan llena, por otro lado, de peores momentos) con la nula predisposición para razonar de un animal descerebrado que se alimenta de odio.
-¿Has escuchado mi pregunta, mami? He dejado a don José sin respuesta ¿Eh? ¿Eh? ¿Eh?
-¡Tú vas a aprender a tener la boca cerrada!
No lo recuerdo. No es que no quiera, es que, sencillamente, no lo recuerdo. No sé si me dio con la mano abierta o con los puños cerrados; si además me pellizcó o me tiró del pelo; si me pateó; si llegué consciente a casa. Sólo sé que me arrastró por el suelo, pues las heridas de las piernas que no dejé de mirarme durante los dos días en que no pude moverme de la cama así lo indicaban.

*****

A lo largo (muy largo, demasiado) de su vida me ha pegado por pelearme con niños que me insultaban. También por no defenderme cuando lo hacían. Me ha pegado por caerme de la bicicleta y por llorar después de que me pegara después de haberme caído de la bicicleta. No hay herida que no me haya curado –madre no hay más que una- sin su correspondiente hostia por habérmela hecho. Me pegaba porque su madre murió en la Guerra Civil -¿por mi culpa?-, porque mi padre bebía mucho, porque estaba lloviendo y tenía ropa tendida y por absolutamente cualquier cosa que preguntara, con lo que ha hecho de mi alguien de natural poco curioso. Los mejores momentos de mi madre derivan de las peleas y si han prestado atención a todo lo expuesto, es fácil entenderlo. Imaginen que me peleo y el otro niño me hincha un ojo de un puñetazo que me tira al suelo, con lo que me raspo los codos al caer. Pues bien, esto son cuatro guantazos de mi madre: por pelearme, por no haber sabido defenderme –estos dos son de esas cosas que pueden hacer que el continuo espacio-tiempo se detenga y el universo implosione, pero nunca ha ocurrido hasta la fecha-, por la herida del ojo y por la herida del codo. Si tiene el día inspirado me cuela dos más: por llegar llorando y por llorar más a raíz de sus sopapos.

*****

Llego a casa poco antes de las dos. He salido de trabajar a la una y media y tengo la tarde libre por unas horas que mi jefe me debía. Levanto las persianas para que entre la luz del día, me pongo ropa cómoda y comienzo a calentar una cazuela de pasta con gambas y almejas que la mujer de mi jefe tuvo a bien traerme ayer a la oficina para que lo probara. Es una pequeña empresa familiar y suelen tener esos detalles conmigo, pues saben que soy huérfano y no tengo hermanos. Dada la curiosa casuística de mi familia y como a efectos prácticos realmente es así, dije que era hijo único y que mis padres habían fallecido, siendo cierto sólo lo de mi padre.
De mi hermano hace años que no sé nada, lo cual ni me gusta ni me disgusta, simplemente es lo que hay, y no sé cómo mi hermana consiguió mi número de teléfono y me manda algún mensaje en Navidad, mi cumpleaños y poco más. Creo que ambos tienen hijos, pero nunca he querido conocerlos.
No obstante hoy mi hermana me ha dado una de las mayores alegrías de mi vida –los mensajes navideños y cumpleañeros como que me la soplan, de hecho no suelo responder- y antes de seguir con este maravilloso día voy a responderle, para que me tenga por enterado de la buena nueva:

Para: Sister    Wed. 23/05   13:52

Ok. Si necesitas que firme algo
me lo dices. Si no, yo no pienso poner un pie ni en el tanatorio ni en el entierro.


Sonrío, aún más.


*****


1991 – Tengo 13 años.

Vuelvo del colegio. Abro la puerta y veo a mi madre en pie, al final del pasillo. No puede haber peor manera de empezar la tarde. Pienso qué inventará para hoy. Hace dos años que mis hermanos abandonaron el dulce hogar: a mi hermano lo echó por dejar embarazada a su novia –se conoce que llegar sistemáticamente borracho las madrugadas de diez años consecutivos no era motivo- y un par de meses después mi hermana se unió a una secta –teniendo en cuenta que estudió psicología pobre del traumatizado que se ponga en sus manos-. Cuando se fueron mi padre estaba jugando a los bolos, creo. Pero a los bolos cartageneros, esto es, tres pivotes muy finos en hilera, clavados en un campo de tierra con unos diez metros de separación entre cada uno, que hay que derribar lanzando una bola pequeña, más o menos como las de petanca. Nada de americanadas de esas que ahora están tan de moda, con sus grandes bolas relucientes y sus pistas enceradas. Mi padre era un tío auténtico.
Decía que pienso en las posibilidades para darme de hostias que baraja mi madre en este momento, pues si se ha levantado del sofá tiene que ser para eso y poco más. Supongo que al fin ha caído en la cuenta de que soy de su propiedad y no necesita excusas, por lo que sencillamente viene hacia mí y empieza a golpearme. Y no, sin motivo no lo voy a consentir. Dime que el nieto de Isabelita (la del segundo) saca mejores notas que yo o que ya te has dado por enterada de que tu marido se ve con otra (decisión que entiendo y respeto, por cierto), pero pegarme así por las buenas no te lo consiento. Eso ya es vicio.
Me zafo de ella, lanzo la mochila al suelo y la golpeo tres veces con los puños cerrados: dos en el estómago y la tercera en la cara. Disfruto con el sonido del último. No es un ‘plaf’ o un ‘plas’ como nos hacen creer los cómics. Es más bien un ‘plast’, acabado en ‘t’.
Cae al suelo sin sentido. La miro. Con desprecio. No he odiado tanto a nadie en toda mi vida. Me doy la vuelta y camino tranquilo, aunque con la respiración algo acelerada, hacia el salón. Me siento. Silencio. No se escucha una mosca en todo el edificio. Permanezco un rato largo, no me fijo cuánto, mirando el televisor apagado. Al fin mi madre se levanta. Cojeando y con una mano en el costado se dirige hacia el sillón donde ha quemado el ochenta por ciento de su existencia. En él estoy sentado yo. La miro y lo entiende. No rechista. Se sienta en otro sillón. Mira el televisor apagado. Permanecemos otro largo rato así los dos. Al final me aburro, voy a la cocina, agarro el plato con la deliciosa comida que había preparado para hoy (un huevo cocido aún con cáscara, una patata cocida aún con piel y una lata de atún sin abrir) y me encierro con ella en mi habitación.

*****

A partir de ese día comenzó una batalla de desgaste psicológico entre mi madre y yo que ganó ella por goleada e hizo que me fuera de casa antes de cumplir los veinte, al poco de morir mi padre, y diera con mis huesos en un psiquiátrico durante cinco años. Y debo ver el lado bueno, porque podría haber sido perfectamente la cárcel. Con mucho esfuerzo logré eso que algunos llaman ‘reinsertarse en la sociedad’ –que os digo yo que ni de coña es lo que parece significar, pero bueno-, y a día de hoy tengo un trabajo de mierda, pero trabajo, y vivo de alquiler en un apartamento que se cae a pedazos, pero es barato. Eso sí, desde aquel día y hasta que murió sola y abandonada tras pasar dos días en el suelo sobre sus propias heces, perfectamente consciente de todo ello, jamás volvió a ponerme la mano encima.



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