miércoles, 12 de julio de 2017

UNA BALA DE CAÑÓN EN CADA VÉRTICE


CRUCE DE CAMINOS



A veces me pierdo y a veces me oxido

aléjame de la humedad
y del sueño y del cráter y del hombre
y de los cruces de caminos

tal vez soy el único decepcionado
antes brillaba
me invitaban a las cenas
a las bodas los bautizos las comuniones

pero un día desperté
abrazado a mi cadáver
—concurrida intemperie—
y el aire era tan denso
que de él me alimenté

desde entonces
la luna la lluvia la niebla los charcos
ya no me sorprenden
tampoco los necesito
ni el agua la fruta la carne la miel

de viajar en el tiempo aprendí
que perderse no es un problema
(el problema es que se pierda la máquina)

muerdo los barrotes
salto del vagón

            antes de que me pongan nombre.





UNA BALA DE CAÑÓN EN CADA VÉRTICE



Imagina un poliedro de infinitas caras
con una bala de cañón en cada vértice.

Un universo del tamaño de las uñas
se expande en los bolsillos del chaleco
es el eco de un adiós que vuela
a ras de olvido.

Como disciplinada marabunta
cargando santas cáscaras en procesión
así apagamos el despertador cada mañana

luego los zapatos de ante azul
charol negro desde hace años
una canción de Mark Knopler en la radio
como brindis por los discos extraviados
                                               de Eddie Cochran
y una corbata de vistosos colores
con la que colgarnos              
de una vez y para siempre hasta mañana.

viernes, 7 de julio de 2017

EL HOMBRE QUE MATÓ A LUJO BERNER

En París
en el año 1869
Charles Hermite
soñó que surfeaba.
Sueño inducido dicen
las malas pero sabias lenguas
por el embrujo del chamán que mandaba
sus hechizos desde más allá del tiempo.
Nadie vio nunca su rostro
una superstición del XIX
un avatar del XXI
Lujo Berner
un nombre
un ser.

Imaginen
surcar las olas
al compás de afilados
punteos de The Trashmen
y abrir los ojos en un siglo
en blanco y negro subtitulado.
¡Qué frustración no sentiría nuestro doctor
al tener que retomar aquella aproximación!
Pues su vida no era más que
el negativo de aquel sueño
el silencio tras el riff
la luz de las velas
el daguerrotipo
en gris.



Despertó
sintió el rencor
y puso fin a la ecuación:
cruzó restando al otro lado
y obviando todo lo aprendido
dividió por cero clamando venganza.
Logró de esta manera alcanzar el infinito
rompiendo el tiempo que cobija al enemigo
y desarrollando la fórmula a través
del tiempo en su curva extensión
dio con él en una playa
del mediterráneo
y con su ábaco
le golpeó.

Así
murió
Lujo Berner
el que nunca fue.
Pero a pesar de no haber sido
caló tan hondo su influencia que llevó
a nuestro prohombre decimonónico a cometer
el mayor (y único) crimen de su triste existencia
aunque nunca fue juzgado en vida:
las huellas quedaron más allá
de su tiempo y de su espacio
y pudo al fin dormir
dejando atrás
el oleaje.