viernes, 23 de junio de 2017

ANTE EL REY

El scalextric recogido
en lo alto del armario
la colonia de mi padre
una camisa de cuadros
                                   de mi hermano
los bajos del vaquero
doblados hacia fuera
y el cuello de la cazadora
levantado.

(Lo narro en presente
con la ilusa esperanza
de apagar algunas canas).

Recorro la ciudad sobrepoblada
de otros chicos de mi quinta
con sus walkman los addidas
camiseta de Caprabo
monopatines bicicletas canicas.

Llego al templo
el altar me llama al fondo

ilumino de miradas las portadas
levitando leyendo contemplando
viendo viviendo salivando

me decido por el rojo
que sujeto y levanto como ofrenda
casi me arrodillo
(estoy ante el Rey
y sé cuál es mi sitio).

Ayer fue mi cumpleaños
doce y subiendo
saco del calcetín un billete
rojo y arrugado
dos talegos, que dice mi hermano,
y algo me sobra, me lo guardo.

Vuelvo a casa
el Grial en una bolsa contra el pecho
paro en un semáforo
lo saco, lo miro,
(que me miren
que me envidien)
me parece ya escucharlo
y al llegar a casa
me encierro en mi cuarto

y lo hago girar,
y lo hago sangrar bajo la aguja
¡pobre chico de Memphis
sometido a acupuntura!

Y lo siento, lo disfruto
alimento para el alma
que degluto
vuelta y vuelta
y me traen de vuelta al mundo
sus nudillos en la puerta,

es mi madre
me han llamado unos amigos

esta tarde hay  un partido
contra la plaza de al lado,
pero esta tarde
yo no salgo.

sábado, 17 de junio de 2017

LA CUALIDAD ESFÉRICA

Hace unos días participé
en una lectura conjunta
de ‘Cien años de soledad’.
Pensaba en eso anoche
mientras veía el pressing catch
en internet

y mientras Dean Ambrose alzaba
su cinturón de campeón intercontinental
pensaba, también
que los polos presionan el globo
frustrando su cualidad esférica
y que si se hace camino al andar
también construye quien tropieza.

Y es que a veces la mayor incógnita
es saber si merece la pena
despejar la x.

Y tú,
sí, tú
que crees saberlo todo
déjame decirte algo:
el siglo XX terminó
el día que murió Chuck Berry.


lunes, 12 de junio de 2017

LA NOCHE DE LOS ESPEJOS ROTOS

Bajo el vacío eco de mis pasos inertes
lloraba el teléfono al morir el día.
Adiviné lágrimas al otro lado,
llevaba meses sin sonar
y tan crudo sosiego
            sólo lo rompe un llanto.
Respondí
contra la costumbre,
burlando mi voluntad
pues reinaba la densa quietud
de la soledad sobrevenida.

Tras confundirme con mi hermano
preguntó
a qué hora era el entierro

y al fin entendí
por qué nadie me hablaba
por qué miraban a otro lado
cuando preguntaba
y sentí de nuevo las cadenas.

Pero llevaba meses borracho
hablando solo
pretendiendo una vida
y no quisieron verlo.

Decidí dejar que el tiempo
les hiciera crecerse
en su falsa victoria.
Les hice creer
que muerto el perro
                        se acabó la rabia
y esa rabia
que ellos mismo abonaron
con silencio y desprecio
explotó contra sus muebles
sus sillas, sus cristales
rompiéndoles la noche
dejando a la intemperie cicatrices
que no iban a cerrarse
mientras quedara una mínima porción de aire.

La noche de los espejos rotos
crucé al fin al otro lado.

No puedo negar
que ganaron la batalla
y puede que hasta la guerra
pero cada noche
los que siguen vivos
tiemblan ante la sombra
que atraviesa la estancia
al apagar la luz de sus hogares
silbando un nombre

mi sombra

mi nombre.


miércoles, 7 de junio de 2017

UNA CARTA QUE NUNCA LEÍMOS


no deja que suene el despertador
no necesita ruidos
                        para seguir despierto


tiembla ante el zumo
            que debe beber
                        y así evitar preguntas

sube al autobús

cada día esos diez minutos
más largos de su vida

se hace el vacío a su alrededor
no siente el frío del pupitre
                                   en su antebrazo
no escucha al profesor
no escucha el timbre que marca el descanso
no escucha la puerta
aunque sabe que han entrado

silencio
            pasos
                        fundido a negro
                                    volvemos en 15 minutos






como la bilis quema las entrañas
en cada espasmo
cuando no hay alimento que vomitar
siente los pinchazos del dolor vacío
en las sienes

ya no quedan lágrimas.

Y en el autobús de vuelta
apoya la cabeza en el cristal
para que duela de verdad
no tener que fingir
y pasar la tarde en casa.

Al día siguiente
vuelve a vomitar
vuelve a dejar el desayuno
                                   a la mitad
vuelve a temblar en el autobús
y vuelve a escapar
a una buhardilla en blanco y negro
cuando se queda a solas con él

y descubre con sorpresa
al anochecer
que sí quedaban lágrimas

y firma con ellas la carta
que nunca se atrevió
a leer en voz alta


y salta por la ventana



            los periódicos han dicho
            que le gastaban bromas
            por sacar buenas notas








Ilustración: Teresa Ruiz Maciá, Fieltrovitz.



lunes, 29 de mayo de 2017

LOS NOVENTA

Descubrí la existencia de Soundgarden
el día que murió Chris Cornell.
Imposible, me decían
si tenías televisión o radio
en los noventa
seguro que has oído
‘Black hole sun’.

Tenía televisión y radio
en los noventa
pero no las usaba.
Comía y cenaba
encerrado en mi habitación
escuchando vinilos de Stray Cats
y cintas de Chuck Berry.

También tenía familia
en los noventa
pero tampoco la usaba.

miércoles, 12 de abril de 2017

GO, CAT, GO! / ELLOS LANZABAN TIZAS

GO, CAT, GO!!

Apago el despertador.
Mi mano helada torpemente
busca y enciende el calefactor.
Recupero los dedos
que se vuelven garras
al aliento de la estufa
y aprieto el botón:
            Well, It´s one for the money
            two for the show
            three to get ready…

Me visto el alma
de guitarra, voz y contrabajo
me enfundo botas y vaqueros
me lamo las heridas: soy un gato.
Maullo escalera abajo
y sin desayunar
me lanzo, felino, al asfalto.
Camino con desparpajo
paso firme
cortando la niebla con la mirada
bajo un cuello de cuero levantado
mirando en los cristales
mi reflejo
soy un gato callejero.
En la puerta del instituto
rodeado de ratones
que se esconden
bajo abrigos y bufandas
oigo a mis amigos, que me llaman
desde el bar, al otro lado
y camino con las uñas afiladas
camiseta con las mangas recortadas
y los libros olvidados
soy un gato descarriado.
¡Dónde vas! se oye gritar
desde el mundo de los vivos
mientras salto entre dos coches
y me enciendo un cigarrillo.
Aquello no va conmigo
debe ser algún maestro
que le grita a sus alumnos
para hacer girar las ruedas.
Yo recuerdo la canción
que me ha lanzado esta mañana
de la cama a las aceras
y entre cubos de basura
me pierdo, sigiloso,
musitando cadencioso
go, cat, go!


ELLOS LANZABAN TIZAS

Ellos lanzaban tizas;
yo fumaba en la última fila
tan sólo por el placer
de hacer algo prohibido.
Ellos corrían tras un balón;
yo surfeaba sobre un mástil
y sobrevolaba un teclado
soñando
a la izquierda con Carl Perkins
y a la derecha con Jerry Lee.
Ellos en casa a las nueve
y en la discoteca
los domingos por la tarde
cuando no servían alcohol ni cigarrillos;
yo viendo amanecer la rambla,
negro
azul marino
azul claro
cerveza caliente y el bar cerrado
era martes y mi amigo
estaba en el paro.
Ellos se daban la mano
y besos en la mejilla
y yo buscaba recovecos
donde alzar tu falda
maullar
y entrar en ti.
Ellos tenían catorce años
que yo nunca tuve.
¿Y qué esperabais
si soy un gato?

lunes, 3 de abril de 2017

EL MEJOR CHISTE DEL MUNDO


                Eran casi las doce y la noche apuntaba a ser larga. Apenas veinte personas en el edificio. Si lo hubieran ubicado cincuenta metros más al norte se diría que estaba a las afueras. Pero no, quedó en una suerte de limbo urbanístico en el que simplemente podíamos decir que no era céntrico. Por uso, hora y situación reinaba el silencio. Opaco, casi húmedo, una suerte de niebla semitangible. Pero intermitente. No era un silencio continuo y absoluto. Un estornudo, un pitido advirtiendo la hora en punto de un reloj digital, el acelerón de un coche que, a pocos metros, tomaba o dejaba la autovía... Y en ese catálogo de invasores acústicos vinimos a ser nosotros quienes se llevaran el premio gordo y alguna pedrea. Nosotros, los tres. Mi hermano, mi primo y yo.
                —¿Café? —propuso mi hermano.
                Accedimos.
                Bajamos lentamente la escalera. Estábamos cansados, llevábamos muchas horas allí. Además, mi hermano arrastraba una severa cojera desde hacía años, lo que ralentizaba aún más el movimiento del grupo. Mi hermano era (y es) mucho mayor que yo. Nunca necesité pronunciar el consabido tópico «podría ser mi padre» porque los hechos hacían innecesarias las palabras: su hijo, mi sobrino, era (y es) dos meses mayor que yo. Mi cuñada dio a luz un siete de julio y mi madre me trajo al mundo el siete de septiembre del mismo año. Mi sobrino y su madre se habían ido dos horas antes y estábamos solos mi hermano, mi primo y yo. Y unas cuantas personas, no más de diez o quince, que no conocíamos.
                La cafetera estaba abajo, en el pasillo. El bar llevaba un rato cerrado. Mi hermano introdujo una moneda y pulsó el botón del café cortado.
                —¿Ahora hay que poner un vaso? —preguntó mi primo.
                —No, José Miguel —dijo mi hermano—: hay que echarse un sobre de azúcar en la boca y meter la cabeza ahí debajo.
                Acompañó la absurda respuesta con un gesto histriónico, arqueando el cuerpo, bizqueando y sacando la lengua. Mi hermano. Cojo, calvo, con la barba canosa más desastrosa que jamás se había visto y más de cincuenta años sobre sus cansados hombros. Mi primo y yo explotamos. Fue una carcajada en toda regla, nos acababan de contar el mejor chiste del mundo, o eso nos pareció. Eran las doce de la noche y llevábamos allí desde las doce del mediodía. Estábamos agotados, nos dolían las piernas y la espalda y necesitábamos ese momento de reconciliación con la existencia más que cualquier otra cosa.
                —Señores, por favor —escuchamos. Alguien nos llamaba al orden.
                Nos asomamos al hueco de la escalera y vimos, unos metros más arriba, a un guardia de seguridad serio y muy bien uniformado. Yo jamás había logrado planchar tan bien una camisa. Mi hermano jamás había logrado si quiera planchar una camisa. Desconocía (y desconozco) el currículum de mi primo a ese respecto. Hizo como que se ajustaba el nudo de la corbata y continúo diciendo:
                —Ya son mayorcitos, joder. Un respeto, que estamos en un velatorio.
                —Lo sabemos, somos los hijos del difunto —mi hermano.
                —Y yo el sobrino —mi primo, que aún no había logrado borrar el remanente de sonrisa que sobrevivió a la carcajada.
                —Disculpe, no volverá a ocurrir —mi hermano de nuevo, zanjando el asunto.
                Las doce horas de velatorio que habíamos dejado atrás (faltaban otras doce hacia delante) habían sido un frenético catálogo de llantos, abrazos, idas, venidas y algún amago de crisis nerviosa hasta hacía poco más de dos horas. A eso de las diez todos se fueron marchando, nuestros allegados y los de las salas vecinas, y nos quedamos los familiares directos de los difuntos bajo aquella densa y pesada cortina de silencio que tan oportunamente acabábamos de rasgar.
                Llenamos los tres vasos (finalmente los pusimos bajo el chorro de café, a pesar de las indicaciones de mi hermano) y volvimos a la sala 4 del tanatorio, segunda planta, la última a la izquierda. Aún con alguna irreverente sonrisa surcando nuestros rostros, más aún si nos mirábamos, nos sentamos en el sofá frente al cristal donde exponían al viejo.
                Me pareció verlo sonreír a él también.